En el Día de los Difuntos cantan los mariachis

Fotografía por Héctor Estrella
Fotografía por Héctor Estrella
Mariachis en el cementerio de Sangolquí.

En Sangolquí el ambiente estuvo inundado con el exquisito aroma a colada morada y guaguas de pan. El día de los finados es una fecha en la que los ecuatorianos visitan los cementerios, van a hacer compañía a sus difuntos, a llenarlos de arreglos florales, a ofrecerles comida, a cantarles una canción y como no, a rezar un padrenuestro y un ave maría.

Las calles cercanas al cementerio están abarrotadas; todos van en familia, desde los más pequeños, hasta los más grandes y no es extraño escuchar que las madres les digan a sus hijos tápate el ombligo hasta que salgamos, para que no te de mal aire. En las afueras los vendedores ofrecen sus productos a grito pelado: hornado, pristiños, helado de cerveza, manzanas acarameladas y también flores y velas. Una mixtura de olores y colores inundan el ambiente.

Al ingresar al cementerio los visitantes saludan a sus muertos tocando la tumba, muchos se arrodillan y en pose de meditación cierran los ojos y conversan con el difunto. Cuando termina el trance se persignan: en nombre del padre del hijo y del espíritu santo… Empieza la limpieza y la decoración de la tumba. Algunos llevan palas y picos para escarbar la tierra, otros cobran por esta actividad, sacan las malezas y pintan las tumbas.

En medio del bullicio resuenan las trompetas, las guitarras y las maracas; unos mariachis cantan la canción preferida de quien en vida fue… Otros visitantes ponen una velita para que iluminar la oscuridad; no faltan tampoco los alimentos favoritos para que al viajante al más allá no le de hambre.

A medio día el párroco invita a la misa y todos los que pueden y quieren se aglomeran. Al final de la ceremonia el pueden ir en paz, les devuelve a la realidad y la bandada se dispersa; algunos se despiden de su difunto, otros solo suspiran. No hay llanto, solo la gratificación de visitar a un ser querido que no ha sido olvidado.

Realizado por Héctor Estrella. Periodo 47, grupo 721.

Tradición después de la muerte

Anghelo Cevallos
Interior Cementerio Salasaca

Martes 2 de noviembre de 2015, el clima en la ciudad de Ambato amaneció templado. La gente en el terminal terrestre se amontonaba en las boleterías para conseguir uno que los lleve hacia algún lugar del país y así poder disfrutar del feriado.

El movimiento en la ciudad fue intenso, grandes columnas de buses salían lentamente de las amplias puertas del terminal. Después de haber recorrido diez minutos de viaje, llegué a la comunidad Salasaca; allí se realizó uno de los mayores rituales indígenas por el día de los difuntos.

En las afueras del cementerio, los vendedores de flores, comida típica e incluso licor, generaban un  ambiente festivo, propicio para compartir y recordar a los seres que ahora ya no están entre nosotros.

Al interior del cementerio varias familias madrugaron para adornar la última morada de sus seres queridos, lo hacían con flores, coronas. Varias familias colocaban una pequeña funda con vino sobre las tumbas, pues ellas decían que al difunto le gustaba consumir licor y que su última voluntad fue perpetuar esta práctica. Aquellas tradiciones intangibles, no necesitan estar escritas en forma de ley para que se cumplan.

Cuando la mayoría de habitantes comenzaron a adornar las tumbas, una pequeña figura de mujer se escurrió rápidamente entre la muchedumbre, se trataba de Zoila Masaquiza; llevaba en su espalda en una chalina, una olla envuelta con comida para compartir con su familia en la tumba de su madre. Al igual que otros moradores no dudaban en compartir un pedazo de cuy, conejo o pan de finados, con otros comuneros que se dieron cita esa calurosa mañana en el cementerio de Salasaca. La cuestión es no olvidar al difunto, sino de recordarlo compartiendo en familia.

Era ya medio día, los miembros de la comunidad disfrutaban de la comida que habían llevado para su ágape familiar. Mientras todo transcurría con aparente normalidad, el fuerte sonido de  parlantes avisaban que la misa iba a comenzar, el padre Pablo Pilco invitó a los fieles a acercarse a la gran cruz que se situaba imponente en medio del cementerio, allí el cura de la comunidad leyó en voz alta los nombres de las personas que habían fallecido a lo largo del año y en su honor se realizó la conmemoración de difuntos.

Anghelo Cevallos
Las familias de la comunidad Salasaca comparten comida al interior del cementerio.

Al caer la tarde una gran fiesta estaba a punto de comenzar, pues la conmemoración aún no terminaba. El ambiente festivo se apoderó rápidamente de los miembros de la comunidad, por el momento no parecía un cementerio; el baile y la música se adueñaron del lugar y de esa manera el pueblo Salasaca recordó un año más del fallecimiento de alguno de sus familiares.

Por: Anghelo Vinicio Cevallos. Periodo 47; grupo 721.