QUIMERA

¨Una mirada al Quito Contemporáneo”, esta revista presenta las tradicionalidad obrera  del Centro Histórico de la Capital. A través de crónicas realizadas por los estudiantes de la Universidad Politécnica Salesiana se cuenta la vida y labor que los lustrabotas de la Plaza Grande , hierbatéras, restauradores de cerámicas y el creador de las deliciosas colaciones quienes se han convertido en personajes ilustres del patrimonio intangible de Quito.

Juan prepara cevichochos, los vende cerca a la UPS

Fotografía por Alejandra Ordóñez
Fotografía por Alejandra Ordóñez
Juan Andrés “el duro” de los cevichochos

En el Rocío, un barrio del sur de Quito, marcaban las diez de la mañana. De la penumbra de la habitación emergió una sombra, es Juan Andrés, el duro de los cevichochos, quien caminó apresuradamente en dirección al pasillo para adentrarse en la cocina. Ollas y sartenes reposan apilados en un rincón y reflejan la luz de la ventana.

Diez tomates, ocho cebollas y un atado de culantro adornan el mesón con sus colores vibrantes. Juanito como prefiere que lo llamen, rebana cada tomate como un profesional culinario; por su agilidad y destreza en la cocina demora poco tiempo en preparar el encurtido; lo demás: el tostado, el chulpi, los chifles que acompañan los cevichochos que vende, ya están listos.

Juan se describe como un trabajador humilde y servidor de Jesús, mientras alista baldes y recipientes de distintos tamaños para llevar los ingredientes al lugar de su negocio. Afuera de la casa se escucha el ruido metálico de una camioneta, que similar al tosido de un veterano aguarda calentando motores para movilizar la carga.

Frente a un pequeño espejo se refleja sonriente y se da una peinadita de confianza, mientras sususrra: Listo y dispuesto, mi Jesusito te encomiendo este día de trabajitoPersignándose repetidamente y mirando la estampa de Jesús de la Justicia se dispone a salir con su cargamento. Juan asegura que tiene la compañía de su ser más querido, su esposa Carmita, quien le dio dos hijos: Mis muchachos ya están grandes; agradezco a mi Carmita por enseñarles a ser chicos de bien. Desde que murió mi esposa, soy un hombre nuevo y he dejado todo vicio ahora trato de cuidar de mis hijos e ir con ellos a misa como cuando vivia mi difunta esposa.

Un pequeño libro de pasta azul sobresale de su mochila un poco desgastada por el tiempo; al parecer es su biblia personal y al sacarla despacio lee unas cuantas palabras como susurrándolas suavemente, y de manera rápida vuelve a guardarla en su mochila. Juan se muestra tímido y un poco melancólico cuando refiere más anécdotas de su vida, puesto que en voz baja lamenta que su pasado fue duro desde la partida de su esposa.

Cambiando su semblante y de nuevo con la sonrisa en su rostro el duro fija la mirada a través del vidrio de la camioneta y menciona que: Dios es amor y nada me falta. La fe le da alegría y esperanza cada día; su sonrisa inquebrantable y amabilidad da confianza a sus clientes que compran sus tradicionales cevichochos en las afueras de la Universidad Salesiana.

El viaje ha concluido; llegando a su destino desembarca frente a su kiosko y alista todo para la venta del día. Uno por uno van llegando los comensales a su negocio y apresurándose tras el cristal de los ingredientes está Juan ofreciendo: unito o dos limoncitos… chulpi o tostado… sírvase…

Realizado por Alejandra Ordóñez. Período 47, grupo 721.

El pirata amarillo

En Turubama de Monjas, avenida Camilo Orejuela, frente al Mercado Metropolitano,  se encuentra la sede de la Cooperativa de taxis La Ecuatoriana para la que trabaja Don Jairo Peralta Villegas, pirata como lo conocen sus amigos. El siente que ya lleva toda una vida en esto y es que antes de unirse al conglomerado ya hacía carreritas solo con un letrero que colgaba cuando el  chapa  no le veía, de ahí su apodo.

Don Jairo es un hombre de familia de 47 años, felizmente casado y padre de tres hijos; recuerda que ellos son una de las razones por las que continuó haciendo este trabajo después de haber egresado de la Universidad Central como contador.

A Don Jairo no le gustan las fotografías, es reacio a ser retratado y más si la imagen va a ir directo a la web: no, no tengo ni Facebook para verme, bromea. Sin embargo deja fotografiar el adorno que lleva consigo siempre en la repisa de su vehículo, un pequeño taxi a escala que su esposa compró cuando venía de promoción en un medio de comunicación. El pirata cuenta que unas cuantas veces se han querido bajar el juguete: Una vez una señora se subió con un niño a la parte de atrás y el pequeño preguntaba por el auto, su mamá me lo pidió  pero le dije que estaba pegado con silicona.

Cada día Don Jairo sale a las 5 de la mañana a empezar su labor, cuenta que busca pasajeros por la zona sur porque nunca le ha gustado meterse en el tráfico mañanero que hay en el centro de la ciudad, pero que sin embargo nunca ha rechazado una carrera: a mí me enoja cuando hacen eso; y si, tengo compañeros que se niegan a dar servicio porque no les da la gana de ir por ahí, pero yo no, comenta.

Su horario cambia cuando se anima a quedarse con los veladores, que es como llaman a los taxistas que trabajan pasada la media noche. No tengo un jefe ni horario, pero a veces quisiera estar en una oficina con un sueldo seguro, aquí mi sueldo depende de mi esfuerzo dice con orgullo Don Jairo, mientras recuerda haber trabajado las navidades pasadas hasta muy tarde. El pirata cree que de seguro para estas fiestas eso no va a cambiar.

Por suerte para Don Jairo esta tarde en Quito está con una llovizna ligera: algunas veces tengo que parquearme porque el calor dentro del carro es insoportable, otras en cambio hace una lluvia que hasta da miedo conducir.

Ya casi llegando al destino, comparte una última anécdota, una de las tantas que le ha traído la fachada amarilla. Don Jairo, el Pirata, alguna vez también fue detective, recuerda que llevo a una señora hasta la iglesia de Santa Ana de Chillogallo, porque disque el marido de la doña estaba por ahí con la moza. Cuenta que cuando la adultera pareja salió infraganti,  la señora pagó el pasaje y salió ellos echa una fiera: como yo no tenía velas en ese entierro me retiré, bromea.

Don Jairo comenta que esta vez aprovechó para ser él quien cuente las historias, pues casi siempre las personas que recoge sienten que tienen a un sicólogo experto a su disposición y sacan a flote sus pesares sobre la familia, salud y hasta el gobierno; pero a Don Jairo no le molesta esto, el siente que aprende de ellos y más que consejo les presta un oído para desahogarse.

Realizado por: Andrea González (Periodo 47, grupo 721).

El recuerdo de la hacienda

Kevin Almeida
Pareja de cuidadores de la Hacienda

Uno de los principales ingresos económicos de las haciendas en la serranía ecuatoriana es la venta de leche. Este es el caso de la hacienda que maneja Arturo, ubicada a unos cuantos kilómetros de la ciudad de Machachi en la provincia de Pichincha;  además tiene una gran amistad con el dueño Don Rodrigo. Según datos del Centro de la Industria Láctea (CIL) la demanda lechera es mucho más alta que la oferta en el país

La lluvia de abril amenaza con inundar gran parte de la Hacienda. Pese a ello las actividades de los cuidadores no se detienen. Aún el sol no sale por detrás de las montañas, pero la actividad de Arturo ya comienza desde las 4 am. Se dirige a los establos con paso lento pero firme y ubica a su ganado para el ordeño, pero sucede lo impensable uno de sus animales golpea fuertemente a Arturo, quien del golpe pierde momentáneamente el conocimiento. Su esposa Raquel que lo acompaña siempre mira con horror la escena y corre a él para auxiliarlo.

Kevin Almeida
Hacienda El Porvenir

-Arturo, ¿estás bien?  Preguntó la esposa consternada, pero el campesino es un hombre fuerte y al cabo de un momento se levanta y tan solo se sacude la ropa para continuar con su actividad.

Según  Asociación de Ganaderos de la Sierra y Oriente (AGSO) la producción lechera en su mayoría se produce en la Sierra con el 73%, en la Costa el 19% y en la Amazonía 8%. La producción lechera beneficia a unos 298.000 ganaderos.

Al acabar el ordeño la pareja de campesinos que cuidan la hacienda El Porvenir aguardan la llegada del camión lechero de la capital para enviar su producto. Pero un sonido extraño en la vía alerta a la pareja de campesinos, que apresuran el paso en dirección de dónde provino el ruido. Al llegar observan una terrible escena, la camioneta de Don Rodrigo había sufrido un terrible accidente, ante ello sus empleados corren desesperados para auxiliarlo.

Rodrigo estaba sin conocimiento atrapado entre los fierros retorcidos del vehículo. La desesperación invadió a Arturo que rompió una ventana para auxiliar a su jefe. Los curiosos empezaron a llegar, mientras Arturo pedía una ambulancia.

A los 30 minutos llegó la ambulancia. Con don Rodrigo a bordo; emprendió viaje al hospital más cercano pero éste, en el trayecto falleció. El dolor invadió a la pareja de empleados.  Rodrigo, el dueño de la hacienda no tenía familiares en el país, por ello había dejado en su testamento todos sus bienes a la pareja de campesinos.

Arturo y Raquel se convirtieron en los legítimos dueños de la gran hacienda El Porvenir, pero su alegría no duró mucho, al poco tiempo una serie de invasiones rompió sus sueños. Arturo fue asesinado, Raquel se suicidó después de un terrible crisis depresiva y la hacienda El Porvenir quedó en el olvido.

Realizado por: Kevin Almeida (Periodo 47; grupo 721)