Manos de tototra

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En las faldas del lago San Pablo y el imponente volcán Imbabura, se encuentran las comunidades indígenas Otavalos y Kayambis que pertenecen a las parroquias de Gonzáles Suárez y San Rafael en el cantón Otavalo, provincia de Imbabura. San Rafael es más conocida como “Rafael de la laguna”, este nombre peculiar se debe a que la mayoría de las comunidades indígenas se encuentran a las orillas del lago, y se dedican a la elaboración de artesanías a base de totora, la misma que crece sobre el lago.

Sin duda, la provincia de Imbabura es conocida por poseer lugares turísticos y folklóricos; sin embargo, existen varias comunidades que carecen de recursos económicos y por ello se han visto obligados a buscar nuevas formas de subsistencia, tal es el caso de la parroquia mencionada.

José Caiza, tiene 42 años de edad y trabaja en la fabricación de artículos artesanales desde hace 8 años atrás. La vocación lo heredó de su madre, Martina Chicaiza, quien fue la primera mujer indígena del pueblo Otavalo en dedicarse a esta labor. Martina falleció a causa de una neumonía, pero su legado quedó en su hijo y en la gente con la que logró formar la organización comunitaria “Manos de totora”.

A partir del 2013, “Manos de totora” se fortaleció, ya que los directivos realizaron las debidas gestiones para oficializar legalmente a la organización comunitaria. De esta forma varias comunidades como; Huaycopungo, Pijal, Caluqui, Gualacata, comenzaron a integrarse para aprender a realizar artículos de totora y comercializarlos.

Actualmente «Manos de totora» se ha convertido en una alternativa de trabajo para las comunidades indígenas, debido a que 45 familias han sido beneficiadas,  y a diario deben llevar un promedio de 2 a 3 bultos de totora, para luego ser procesada.

“…..yo como hombre indígena Otavalo, valoro lo que hago, y quiero ver a mi familia salir adelante,  y también quiero ver progresar a la organización”

José Caiza

Esta planta mide de dos a tres metros aproximadamente, su color es verde, de forma cilíndrica, de textura lisa, en su interior posee una especie de algodón de color blanco, el cual también sirve para la elaboración de almohadas y sillones. Es un trabajo laborioso, pues para obtener un producto ya elaborado, exige una serie de procedimientos.

Primero hay que seleccionar las plantas que sirven, es decir aquellas que han alcanzado su madurez, cuyas características se evidencian  por la presencia de flores de color café en su punto terminal, luego, con la ayuda de una hoz o un machete se procede a cortar suavemente al asiento (10 cm sobre su raíz), teniendo precaución en no lastimarse los dedos.  Una vez ya cortadas, se hacen bultos y se trasladan mediante una camioneta, hasta el lugar de almacenamiento.

Antes de la elaboración, es necesario dejar secar las fibras de totora al sol durante una semana, de esa manera alcanza su rigidez, y facilita su tejido. Para una mejor presentación, la totora es tinturada de uno o varios colores, acorde al gusto del elaborador. Finalmente se procede a dar forma a distintos artículos como: esteras, juego de sala, abanico, adornos para el hogar, entre otros.

Hoy en día, estos productos artesanales a base de totora han causado impacto en la sociedad y por ende su comercialización genera gran demanda. El precio varía, de acuerdo al artículo, al tamaño y al tinturado, por ejemplo, un juego puede costar entre $1000 a $1500; las esteras $10-$12; abanicos $5.

La unión de varias comunidades indígenas de la parroquia de San Rafael y González Suárez han desarrollado esta iniciativa de emprendimiento, logrando consigo una riqueza cultural invaluable, obteniendo un legado histórico que se fortalecerá con el pasar de los años.