Un canto a la vida

Daniela Caizaguano
Daniela Caizaguano
José Caiza, cantante informal del Centro Histórico de Quito.

El sofocante día era testigo de uno de los trabajos más esforzados en el Centro Histórico de Quito. Las estrechas y rocosas calles acompañaban a un personaje digno de admiración; quien con una conmovedora voz  expresaba todo el sentimiento albergado en su corazón. Sus arrugados dedos rozaban una por una las oxidadas cuerdas de su compañera de trabajo por años: su guitarra.

Hace tiempo atrás colocaba ladrillos y fundía lozas. La albañilería le deba su pan diario, pero un descuido hizo que la cementina que estaba lista para ser colocada, cayera en sus ojos; el químico cegó por completo su vista pero no sus sueños. Ahora camina por la vida convertido en un firme luchador, un cantante informal. El es José Caiza.

Sentado en un pequeño banco plástico algo deteriorado, en medio de las calles Sucre y García Moreno, lleva en sus manos una guitarra que le regaló un turista hace tiempo atrás. Gracias a ella entona día a día canciones que lo ayudan a subsistir. Mientras le escucho pienso que nos quejamos de minúsculas cosas en la vida, sin saber las verdaderas pruebas a las que se enfrentan otros seres humanos.

Al iniciar su día, abraza a su compañera de trabajo y coloca su mano sobre su pecho para exclamar: ¡Gracias papito Dios, por otro día más! Es una jornada de mucho movimiento para José, él está listo para deleitar a los transeúntes de las calles al ritmo de un Collar de lágrimas, sus cansados dedos expresan un notable agotamiento. Cientos de personas circulan por las calles para cumplir distintas actividades. Nacionales y extranjeros dedican un poco de su tiempo para escuchar la voz de José, quien a más de uno conmueve el corazón.

Con su blanquecina mirada refleja la gran fuerza emergente en él y las ganas de vivir que su corazón emana, él no puede ver los rostros de las personas que se detienen a escucharlo, pero canta con el mismo sentimiento como si el único que los viera fuera su corazón. Algunas personas se acercan a regalarle unas moneditas como muestra de gratitud, otras en cambio lo felicitan mientras él sigue tocando su guitarra. Después de entonar varias canciones, algunas gotas de sudor empiezan a bajar por su rostro, poco a poco la fatiga se hace presente en él, después de algunos minutos, una joven mujer se acerca para regalarle un vaso de jugo de naranja y una empanada de pollo, con delicadeza, José retira su guitarra y con su agradecida mirada exclama: ¡Dios le pague! Al mismo tiempo que muestra  sus marchitas manos para recibir la comida. Después de haber terminado sus alimentos, limpia su boca con un viejo pañuelo y empieza a cantar Vasija de barro.

Poco a poco pasan segundos, minutos y horas, finalmente el sol se empieza a ocultarse, José se levanta de su silla, recoge las pocas monedas de un pequeño vaso y las guarda en su desgastada chaqueta, toma su guitarra, su bastón y emprende el viaje de regreso a casa, camina muy despacio y se retira cuando su día de trabajo ha concluido.

Realizado por: Daniela Caizaguano. Grupo 721, período: 47.

Quiteños de corazón

Vannessa Acosta
Vannessa Acosta
Amada Jordán en su tienda en el sur de la ciudad

Amada Jordán posee una tienda en el sur de la ciudad, específicamente en el barrio de la Ferroviaria Baja. Al contarme su historia, lo recuerda todo como si hubiera sido ayer. Hace más de 80 años doña Amada viajo a la ciudad de Quito, tras haberse casado y en busca de una oportunidad en la capital. Al principio, les resultó demasiado difícil, como a todas las personas que migran para poder conseguir sus sueños.

Se establecieron en un barrio representativo y emblemático de la cuidad:  Chimbacalle, en el que se encuentra la estación del tren en Quito. Junto a su esposo pusieron un restaurante picantería en la calle México, junto al actual teatro del mismo nombre. Al medio día recibían a los trabajadores hambrientos del ferrocarril y en la noche recibían a aquellos que buscaban distracción, amigos, música y licor. Era muy conocida por todos los trabajadores del lugar.

Amada tuvo dos hijos y tres hijas, que posteriormente serian su ayuda. La familia era muy querida y reconocida por quienes habitaban en el barrio, por sus buenas costumbres y por tener la mejor sazón en todas las delicias que preparaba; menciona con una sonrisa en su rostro

Su vida en el barrio fue demasiado peculiar, ya que aparte de ser partícipes del ferrocarril, también vieron cómo se creó la línea de buses Colón Camal, que recorría casi toda la cuidad, de sur a norte. No recuerda con exactitud cuando el ferrocarril dejó de funcionar y su restaurante también. Al  no tener los mismos ingresos decidieron que toda la familia se trasladaría al barrio de la Ferroviaria Baja, para abrir un nuevo negocio.

Durante toda su vida vivió en Quito y tiene los mejores recuerdos, porque fue la tierra que la acogió y donde sus hijos, nietos y bisnietos nacieron. Desde que perdió a su esposo no ha dejado de luchar por sacar adelante a su familia. A sus 95 años de edad ella sigue atendiendo la tienda que instaló hace mucho tiempo.

Amada visita regularmente a sus familiares en Ambato, pero no regresaría a vivir a su cuidad a pesar de estar muy orgullosa de sus orígenes. Guarda un cariño especial a Quito y ha sido testigo de todos sus cambios.

Realizado por Vannessa Acosta. Periodo 47, grupo 721.

El pirata amarillo

En Turubama de Monjas, avenida Camilo Orejuela, frente al Mercado Metropolitano,  se encuentra la sede de la Cooperativa de taxis La Ecuatoriana para la que trabaja Don Jairo Peralta Villegas, pirata como lo conocen sus amigos. El siente que ya lleva toda una vida en esto y es que antes de unirse al conglomerado ya hacía carreritas solo con un letrero que colgaba cuando el  chapa  no le veía, de ahí su apodo.

Don Jairo es un hombre de familia de 47 años, felizmente casado y padre de tres hijos; recuerda que ellos son una de las razones por las que continuó haciendo este trabajo después de haber egresado de la Universidad Central como contador.

A Don Jairo no le gustan las fotografías, es reacio a ser retratado y más si la imagen va a ir directo a la web: no, no tengo ni Facebook para verme, bromea. Sin embargo deja fotografiar el adorno que lleva consigo siempre en la repisa de su vehículo, un pequeño taxi a escala que su esposa compró cuando venía de promoción en un medio de comunicación. El pirata cuenta que unas cuantas veces se han querido bajar el juguete: Una vez una señora se subió con un niño a la parte de atrás y el pequeño preguntaba por el auto, su mamá me lo pidió  pero le dije que estaba pegado con silicona.

Cada día Don Jairo sale a las 5 de la mañana a empezar su labor, cuenta que busca pasajeros por la zona sur porque nunca le ha gustado meterse en el tráfico mañanero que hay en el centro de la ciudad, pero que sin embargo nunca ha rechazado una carrera: a mí me enoja cuando hacen eso; y si, tengo compañeros que se niegan a dar servicio porque no les da la gana de ir por ahí, pero yo no, comenta.

Su horario cambia cuando se anima a quedarse con los veladores, que es como llaman a los taxistas que trabajan pasada la media noche. No tengo un jefe ni horario, pero a veces quisiera estar en una oficina con un sueldo seguro, aquí mi sueldo depende de mi esfuerzo dice con orgullo Don Jairo, mientras recuerda haber trabajado las navidades pasadas hasta muy tarde. El pirata cree que de seguro para estas fiestas eso no va a cambiar.

Por suerte para Don Jairo esta tarde en Quito está con una llovizna ligera: algunas veces tengo que parquearme porque el calor dentro del carro es insoportable, otras en cambio hace una lluvia que hasta da miedo conducir.

Ya casi llegando al destino, comparte una última anécdota, una de las tantas que le ha traído la fachada amarilla. Don Jairo, el Pirata, alguna vez también fue detective, recuerda que llevo a una señora hasta la iglesia de Santa Ana de Chillogallo, porque disque el marido de la doña estaba por ahí con la moza. Cuenta que cuando la adultera pareja salió infraganti,  la señora pagó el pasaje y salió ellos echa una fiera: como yo no tenía velas en ese entierro me retiré, bromea.

Don Jairo comenta que esta vez aprovechó para ser él quien cuente las historias, pues casi siempre las personas que recoge sienten que tienen a un sicólogo experto a su disposición y sacan a flote sus pesares sobre la familia, salud y hasta el gobierno; pero a Don Jairo no le molesta esto, el siente que aprende de ellos y más que consejo les presta un oído para desahogarse.

Realizado por: Andrea González (Periodo 47, grupo 721).

Tradición después de la muerte

Anghelo Cevallos
Interior Cementerio Salasaca

Martes 2 de noviembre de 2015, el clima en la ciudad de Ambato amaneció templado. La gente en el terminal terrestre se amontonaba en las boleterías para conseguir uno que los lleve hacia algún lugar del país y así poder disfrutar del feriado.

El movimiento en la ciudad fue intenso, grandes columnas de buses salían lentamente de las amplias puertas del terminal. Después de haber recorrido diez minutos de viaje, llegué a la comunidad Salasaca; allí se realizó uno de los mayores rituales indígenas por el día de los difuntos.

En las afueras del cementerio, los vendedores de flores, comida típica e incluso licor, generaban un  ambiente festivo, propicio para compartir y recordar a los seres que ahora ya no están entre nosotros.

Al interior del cementerio varias familias madrugaron para adornar la última morada de sus seres queridos, lo hacían con flores, coronas. Varias familias colocaban una pequeña funda con vino sobre las tumbas, pues ellas decían que al difunto le gustaba consumir licor y que su última voluntad fue perpetuar esta práctica. Aquellas tradiciones intangibles, no necesitan estar escritas en forma de ley para que se cumplan.

Cuando la mayoría de habitantes comenzaron a adornar las tumbas, una pequeña figura de mujer se escurrió rápidamente entre la muchedumbre, se trataba de Zoila Masaquiza; llevaba en su espalda en una chalina, una olla envuelta con comida para compartir con su familia en la tumba de su madre. Al igual que otros moradores no dudaban en compartir un pedazo de cuy, conejo o pan de finados, con otros comuneros que se dieron cita esa calurosa mañana en el cementerio de Salasaca. La cuestión es no olvidar al difunto, sino de recordarlo compartiendo en familia.

Era ya medio día, los miembros de la comunidad disfrutaban de la comida que habían llevado para su ágape familiar. Mientras todo transcurría con aparente normalidad, el fuerte sonido de  parlantes avisaban que la misa iba a comenzar, el padre Pablo Pilco invitó a los fieles a acercarse a la gran cruz que se situaba imponente en medio del cementerio, allí el cura de la comunidad leyó en voz alta los nombres de las personas que habían fallecido a lo largo del año y en su honor se realizó la conmemoración de difuntos.

Anghelo Cevallos
Las familias de la comunidad Salasaca comparten comida al interior del cementerio.

Al caer la tarde una gran fiesta estaba a punto de comenzar, pues la conmemoración aún no terminaba. El ambiente festivo se apoderó rápidamente de los miembros de la comunidad, por el momento no parecía un cementerio; el baile y la música se adueñaron del lugar y de esa manera el pueblo Salasaca recordó un año más del fallecimiento de alguno de sus familiares.

Por: Anghelo Vinicio Cevallos. Periodo 47; grupo 721.